Al marchar, tu partida dejó una profunda huella que el tiempo no lograba restablecer. Un amanecer seguía a otro, una noche continuaba a otra aún más aciaga y ni a una ni otra ponía fin tu regreso. Soñaba despierto o me despertaba entre sueños en los que solo tú eras capaz de saciar mi ansia de amar, mas el instante finalizaba entre amargos sollozos y desconsoladas sábanas.

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