Acantilado

Quería ir a la playa y he aparecido al borde de un acantilado. Mar a la derecha, a la izquierda y al frente. El sol ya no molesta, se funde en la eterna montaña, vieja conocedora de todas las presencias que aquí habitan.

Hay ondulaciones líquidas, cálidas rocas, aires que son más que eso: suaves caricias en la cara. Todo en su sitio cumple su función, se sabe, se conoce bien y, todo en su sitio, se entrega a la más salvaje de las armonías.

Las ondulaciones sobre el mar prosiguen su insolente curso, sin preguntar, indiferentes a todo; y la roca las recibe abiertamente, también con cierta indiferencia, pero constante en su tarea. Esta relación que no partió nunca de contrato alguno está llamada a ser eterna; y yo aquí, percibiendo su desinterés por mí, sintiendo su envolvente arrullo, integrado, feliz porque este mar y estas rocas me reciben en su mundo sin pedirme nada a cambio.