A través de una pequeña oquedad en la pared, cada amanecer gustaba de sentir la templada caricia de las primeras luces del día. Movía con parsimonia sus manos hasta que éstas sentían el vívido aliento del sol y una vez eran capaces de cumplir sus metódicas órdenes, se enfrascaba frenéticamente en la concatenación de aquellos vocablos que manaban sin descanso de su interior, esparciéndolos por mares inmaculadamente blancos, creando amores y razones que, una vez paridos, se preparaban para viajar hasta el amparo de quien con tanto ahínco los ansiaba. En un cuidado envoltorio, acurrucaba un sinfín de palabras y vaciaba el aliento que daba vida a su amor, bajaba hasta la pesada puerta que le protegía de toda distancia y esperaba con impaciencia la llegada del mensajero. Cuando éste recogía la misiva, de nuevo la secuencia comenzaba y, una vez más, el sol salía.